De acuerdo con muchos estudiosos del simbolismo, el símbolo es en esencia “trascendente”, por cuanto no alude a realidades inmediatas, sino a realidades metafísicas que trascienden el significado concreto y específico del objeto simbólico en sí.Asimismo, el símbolo no establece una conexión con aquello a lo que refiere de una manera esporádica; sino que, por cuanto lo referido pertenece al “mundo humano del sentido” –en tanto realidades arquetípicas– es vivenciado por el observador como una característica propia del objeto simbólico. Es por ello que el acoplamiento simbólico –es decir, la confluencia de elemento simbólico y de actitud simbólica– será experimentado como una relación eterna y consustancial. Esto hará que tanto lo referido como el referente simbólico sean mutuamente evocadores.
Cada individuo y cada cultura revistirá de atributos propios a las manifestaciones simbólicas de los arquetipos. Muy probablemente las formas específicas que adquiera cada elemento simbólico dependerán en gran medida del contexto cultural en que se desenvuelva; pero su esencia –su quididad– permanecerán inalterables por cuanto se refieren a elementos colectivos, independientes de los sistemas simbólicos particulares en que se expresen.
Por lo anterior, resulta plausible que en cada sistema simbólico específico un símbolo ostentará tal calidad de manera permanente y si llega a perder dicha condición, en realidad podría decirse que para esa cultura o esa persona tal elemento no constituyó un real símbolo, sino a lo sumo un mero signo o señal circunstancial.