junio 06, 2010

EL CONSUMO DE DROGAS: TESEO ENFRENTADO AL LABERINTO -Una breve contextualización


(Reproduzco parte de un texto mío que fue presentado y publicado en los Anales del V Congreso Latinoamericano de Psicología Junguiana)


La ingesta de sustancias para lograr estados alterados de conciencia es un fenómeno presente desde tiempos inmemoriales en las más diversas culturas. Históricamente el uso de drogas ha cumplido mayoritariamente una función místico-religiosa o de práctica curativa; la utilización de éstas con una finalidad meramente recreacional es, al menos en la cultura occidental, de inicio relativamente reciente.

El consumo recreativo de drogas se inicia masivamente en la segunda mitad de la década de los 60, particularmente relacionado con los movimientos juveniles de moda. En Chile un estudio de 1972 arrojaba que el 12,6% de los estudiantes secundarios había fumado marihuana alguna vez en su vida; y en estudios más recientes sigue advirtiéndose que el consumo de drogas se focaliza en los adolescentes y jóvenes.

Nos encontramos así con un fenómeno que, aunque posee una existencia milenaria, sólo en las últimas décadas ha adquirido ribetes problemáticos y hasta patológicos, focalizándose en el mundo adolescente y juvenil.

Ahora bien, no todo consumo de drogas puede ser entendido clínicamente como una patología. De hecho, las dos clasificaciones de enfermedades mentales más usuales, tanto el DSM-IV como el CIE-10, requieren de ciertos "patrones desadaptativos" para que un consumo pueda ser considerado como perjudicial. Además, ambas taxonomías requieren aún de mayores factores para considerar una dependencia.

El problema entonces no está en la droga misma sino en su consumo de manera perjudicial. Es así como existe un consumo no disfuncional de drogas, ya sean legales o ilegales, diferenciado sólo gradualmente del consumo de tipo abusivo o perjudicial; es decir, tal como lo señalara Carl Jung en sus días: "la enfermedad es una variación de lo normal".

Por otro lado, en la clínica de adicciones es posible dar cuenta de cierta correlación entre el fenómeno del consumo perjudicial de drogas y el de la delincuencia. De hecho, según el autor español Manuel Sánchez Chamorro, "comúnmente se confunden ambas actividades; sin embargo, ni todo adolescente antisocial es drogadicto ni el drogadicto es siempre un delincuente".

Ahora bien, según señalan estudios de CONACE, las "pautas de consumo" de drogas entre adolescentes no se dan al azar, sino que más bien se concentran “en sus actividades de fin de semana y en un contexto de liberación y "descontrol'".

El consumo de drogas, las acciones delictivas o las conductas irresponsables en materia sexual, más que referirse a problemáticas de fondo, constituyen entonces simbolizaciones de necesidades subyacentes comparables con aquellas conductas de riesgo que debían superar los miembros de las sociedades más arcaicas para acceder al mundo de los adultos, a través de los llamados "ritos de paso".

Las variaciones en el último tiempo se explicarían por el hecho de que, al decir del CONACE, "a los adolescentes actuales no se les ha dejado el espacio para la trasgresión. Los padres de los adolescentes actuales, sobre todo en sociedades europeas, a fuerza de querer ser liberales, han perdido la capacidad de indignación con sus hijos, quedándose éstos sin muñeco contra el que tirar sus dardos".

febrero 20, 2009

De la dualidad a la Unidad


El pensador y sacerdote medieval conocido como Meister Eckhart, reflexionando acerca de un texto bíblico, escribía: “un hombre noble se fue a un país lejano para ganar un reino y se volvió a su casa. Pues el hombre debe ser uno en sí mismo; esta unidad tiene que buscarla en sí mismo y en la Unidad (…) Nuestro Señor dice por la voz del profeta Oséas: “conduciré a las almas nobles a un desierto y allí hablaré a sus corazones”. ¡La Unidad con la Unidad, la Unidad saliendo de la Unidad, la Unidad en la Unidad y, en la Unidad, la Unidad eternamente!”.
Para la psicología analítica la individuación es un proceso que nos conduce arquetípicamente a través de la vida por diversos estadios de los cuales el ser humano puede ir recogiendo aportes para tal proceso. Indudablemente también surgirán problemas más o menos profundos que le dificultarán su tránsito. No obstante, tanto aspectos negativos como positivos, en conjunto con su carga genética, serán los que irán construyendo una personalidad única e irrepetible. Es así como, paso a paso, transcurre la trascendente experiencia de estar vivos y de constituirse en un individuo.
A partir de lo desconocido, de aquello que somos antes de tomar conciencia de nosotros mismos, algo que la propia conciencia definirá como el No-Ser, se va generando el Ser, el "yo" que otorgará conciencia al individuo. Pero ese "yo" surgirá solamente a partir de una necesaria confrontación de opuestos, de un ineludible proceso de hacer conciencia cuyo requisito "sine qua non" será el establecer diferencias para dar lugar así a la posibilidad del entendimiento y del surgimiento de una "realidad psicológica". Es entonces a partir no sólo de un "yo", sino de un "yo-otro" que será factible el alumbramiento de una personalidad.
De este modo se da lugar a una realidad conformada por cada individuo a partir de la manera en que puede vivenciar las diversas dualidades que va enfrentando. La forma en que vaya elaborando la tensión entre binarios tales como Yo—otro, conciencia—inconsciente, figura—fondo, Cuerpo—Mente, Ser—No-Ser, es que se irá entretejiendo la telaraña de la propia existencia.
Sin embargo, no basta con tomar conciencia de un proceso como el descrito, es menester que se avance un paso más adelante. Un tercer paso que lleve al individuo a comprender que tales diferenciaciones han sido sólo un artilugio mental, pues bajo esa telaraña de dualidades está subsumida una realidad unitaria, un verdadero “unus mundus” que, a modo de síntesis, conforma la totalidad de la existencia o, dicho en términos psicológicos, da cuenta del sí mismo o totalidad psicológica del individuo.
Aproximarse a la toma de conciencia de tal totalidad es probablemente uno de las finalidades que posee el proceso de individuación y, en tal perspectiva, es que quizás pudiéramos afirmar que el sentido de la individuación es la vivencia de la totalidad diferenciada, concientizada.
El terapeuta, como potencial hierofante de un proceso iniciático de encuentro con esa totalidad, puede auxiliar prestando un encuadre y unas intervenciones que motiven al paciente a avanzar, le permitan encontrar el sentido de tal avance y le ayude a desatar las posibles amarras que le impidan emprender la marcha requerida.
La confesión, el esclarecimiento, la educación y la transformación serán constantes ejercicios que requerirá el self paciente—terapeuta para su avance terapéutico.
De este modo, tal como el Maestro Eckhart lo recalcara, cada uno de nosotros, tanto terapeutas como pacientes, en cuanto seres humanos hemos de ser el "hombre noble" que tras salir de su primigenio hogar del ego indiferenciado sale a vagar en busca de las riquezas que la conciencia le puede otorgar para finalmente descubrir la integración unitaria de la realidad y la existencia, es decir, para aproximarse lo más posible a alcanzar la totalidad.

noviembre 10, 2008

La transformación, la terapia y la union de los opuestos


La forma en que el hombre sea capaz de manejarse con la tensión que supone la mantención de las paradojas suscitadas por la incontable cantidad de pares de opuestos con que diariamente convive le llevarán a lograr trascenderlos y avanzar así en su camino de individuación o a entramparse en algunos de ellos, debiendo procurar su resolución más acertada. En cualquier caso, indudablemente, como señalara Jung, “la tensión de los contrarios, que hace posible la energía, es una ley del mundo, adecuadamente expresada por el yang y el yin de la filosofía china”, sin esa tensión el avance no es posible.
Ahora bien, si el individuo potencialmente tiende hacia la totalidad, el terapeuta podría ser un catalizador de este fenómeno; para lo cual es posible visualizar el camino terapéutico que propone la psicología analítica como estructurado en cuatro pasos: confesión, esclarecimiento, educación y transformación.
La "confesión" para la iglesia católica constituye una “acción por la que se reconoce la propia culpabilidad de una manera externamente manifestada”. En el marco de la psicoterapia obviamente posee una finalidad distinta que para el mundo eclesiástico, pues no supone la acción de un vicario de la divinidad, sino más bien de un auxiliar que colabore en la resolución de los entrampamientos del individuo. Sin embargo, pareciera necesario lograr el despliegue de un potencial psíquico similar que al utilizado en la auténtica confesión religiosa, en cuyo contexto forma parte del sacramento de la penitencia; logrando así una verdadera acción ritual que movilice al individuo en su integridad.
El "esclarecimiento" es imprescindible para llevar conciencia al acto confesional, de modo de complementarlo, por medio de su contextualización, su análisis, su comprensión y su integración a la realidad propia del paciente.
La "educación", en tanto derivada del latin “educere”, que hace referencia a "llevar hasta afuera", más que aludir a un proceso de enseñanza-aprendizaje en sentido académico, lo entendemos como un proceso mayéutico en que se acompaña al paciente a desplegar desde su propio interior, desde su inconsciente, las potencialidades y la creatividad allí contenidas y que le permitirán proseguir su camino de individuación.
Finalmente, podrá propiciarse la "transformación" que posibilite un nuevo punto de apoyo para proseguir la marcha en el propio camino.
Estos cuatro pasos evidencian probablemente más que una causalidad lineal en el desarrollo del proceso, una regencia secuencial de ellos, pero en que siempre están participando en menor o mayor grado cada uno de ellos en la totalidad del trabajo terapéutico.
Tal como tanto las emergencias internas como externas deberán ser integradas, así también las funciones psíquicas deberán procurar ser integradas y equilibradas, aunque respetando sus diferencias, según su peso y su medida. Tal como Basilio Valentín expresara: "habrás de cuidarte de elegir con prudencia el peso y la medida, vigilando la conjunción de los licores físicos, a fin de que el más grande no vaya a pesar más que el menor (...). Se requiere aquí una gran prudencia en el trabajo. Si deseas adquirir con tu arte grandes riquezas, no pongas un peso falso o el primero que el azar te entregue. En esto se basa el fundamento de todo magisterio".
Los terapeutas guestálticos expresan, para su teoría y su acción, fundamentos concordantes con lo planteado hasta aquí, señalando que estos se encuentran en la "diferenciación" y en la "integración"; explicando la interacción entre estos dos elementos en términos de que "la diferenciación conduce por sí misma a polaridades. Como dualidades, estas polaridades se pelearán fácilmente y se paralizarán mutuamente. Al integrar rasgos opuestos, completamos nuevamente a la persona”.
En palabras de un estudioso de la alquimia podríamos decir que dicho Arte tiene características, modalidades y fines muy familiares a lo postulado por la psicología analítica, por cuanto "lo que en definitiva pretende el alquimista es vivir íntegramente, sin el conflicto de la dualidad, sin la cortapisa de los opuestos. Con su matrimonio alquímico pretende acabar con el «hombre viejo» para dar nacimiento a ese nuevo y resplandeciente ser coronado que, en el fondo, siempre ha sido él mismo".
El trabajo que supone la individuación implica el reconocimiento y la integración de las heridas en la conciencia, al mismo tiempo que implica soportar la tensión de los opuestos y a partir de esa tensión generar síntesis. Es así como es posible trascender el universo de dualidades en que constantemente nos vemos inmersos; tal como está escrito en las páginas de la alquimia y como concordantemente lo podemos leer en las enseñanzas de Lao Tse:
"El Tao produjo al Uno.
El Uno produjo el Dos.
El Dos produjo el Tres.
El Tres produjo todas las cosas.
Todas las cosas tienen en su espalda la oscuridad,
y tienden a la luz."
De hecho Jung reafirma aquello señalando que “como símbolo de la totalidad, el sí mismo es una coincidencia oppositorum; por lo tanto, entraña a la vez luz y tinieblas”. Luz y sombra, conciencia e inconsciente, yo y otro, racionalidad e irracionalidad, son parte de las oposiciones que constantemente conviven en la psiquis de los seres humanos, trascenderlas e integrarlas como totalidad se nos aparece como la ruta trazada por la marcha de la individuación.

octubre 08, 2008

La Totalidad y el Hombre Integral


La totalidad de la existencia constituye una unidad que es dividida tan solo mentalmente por el ser humano para lograr el entendimiento de ella; de ahí que muchas escuelas místicas hablen de que de la unidad se engendra la dualidad, pues constituiría su hija natural y necesaria para que el hombre pueda vivenciar su realidad.

Jung nos describe esta situación al plantear que “el sí mismo se revela en los opuestos y en su conflicto; es una coincidentia oppositorum. Por eso, el camino que conduce al sí mismo es al principio un conflicto”.

Y este conflicto entre opuestos se despliega en cada elemento constitutivo de la realidad. Es así como, en palabras de Dion Fortune, para la Cábala "cada Sephirah es bisexual como un imán, uno de cuyos polos debe ser necesariamente negativo y el otro positivo", lo cual resulta plenamente coincidente con lo señalado por el "principio de polaridad" atribuido a Hermes Trimegisto, en el cual se plantea que "Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos".

Esta paradoja expresada en la dualidad de la realidad se encuentra explicitada igualmente en el Tao Te King, el cual se inicia con las siguientes palabras:

"El Tao que puede ser expresado
no es el Tao eterno.
El Nombre que puede ser pronunciado,
no es el Nombre Eterno.
El principio del cielo y tierra se hallan en el "No Ser".
El "Ser" es la madre de todas las cosas.
Por eso la dirección al "No Ser", lleva a la
contemplación de la maravillosa esencia.
La dirección al "Ser", lleva a la contemplación del
mundo de las formas.
Ambos son idénticos en el origen,
y sólo se diferencian en el nombre.
En su unidad son un misterio,
y son la puerta de la que surgen todos los milagros"

A su vez, el alquimista Basilio Valentín, en la sexta de las "Doce llaves de la Filosofía", señala que "el macho sin la hembra es tan solo medio cuerpo; igual le sucede a la hembra, pues al estar el uno sin el otro no es posible que engendren ni multipliquen su especie. Pero si están unidos forman un cuerpo perfecto, que es adecuado para la generación".

Es así como la necesidad de fecundidad, la necesidad de progresar, expresada psicológicamente por medio de la función trascendente, lleva al ser humano a procurar la síntesis o la superación de los opuestos, para avanzar en el propio proceso de individuación.

Coincidentemente, Ione Szalay, cabalista contemporáneo, reflexiona en cuanto a que “Sujeto-objeto, vida-muerte, mente-cuerpo, razón-instinto, dentro-fuera, etc. Este dualismo nos divide por dentro, causando un nudo en nuestra conciencia. Debemos desatar estos nudos del alma. Obteniendo una conciencia unitiva y fusionándonos con las leyes de la energía vital universal”. Lo cual es compartido en esencia por el Kybalion cuando se señala que "los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semiverdades; todas las paradojas pueden reconciliarse".

Ken Wilber señala en un sentido similar que "la mayor parte de nuestros problemas vitales se basa en la ilusión de que es posible separar y aislar entre sí los opuestos, y en la creencia de que así debe hacerse. Pero como todos los opuestos son aspectos de una sola realidad subyacente, hacer esto es como intentar separar totalmente los dos extremos de una banda de goma".

Más aún, Richard Wilheim señala que las enseñanzas de Lao Tse se pueden resumir en que “el camino que conduce de la confusión del mundo de los fenómenos hasta lo eterno. Encontrando este camino y siguiéndolo se obtiene el Tao”. Es decir, es necesario avanzar desde el mundo de las dualidades –expresadas en el binario– para llegar a una nueva realidad, más completa, más individuada –expresada en el ternario–.

Esto es bellamente expresado por las palabras de Jung, cuando escribe: “«¡El Arte reclama al hombre total!», exclama un antiguo alquimista. Y precisamente lo que se busca es ese homo totus. Los esfuerzos del médico y la búsqueda del paciente apuntan a esa totalidad del hombre oculta, no manifestada aún, que es al mismo tiempo el hombre más grande y el hombre futuro. Pero desgraciadamente el camino que lleva a la totalidad está constituido por sendas intrincadas y por rodeos determinados por el destino. Es una longissima via, que no sigue una línea recta sino una línea serpenteante, que une los opuestos y que recuerda al caduceo indicador de caminos”.

septiembre 25, 2008

¿Es posible alcanzar la Totalidad?... un primer paso.

Si la Totalidad se nos revela como algo que "está ahí" cabe cuestionarse acerca de nuestra posible relación con ella... lo que en términos simples podríamos plantear con la pregunta: ¿es posible alcanzar la totalidad?

No obstante, antes podemos preguntarnos, más concretamente, acerca de si podemos realmente comprender la totalidad.

Al respecto, parece sugestivo lo planteado por los cabalistas. En particular Dion Fortune asevera que ellos "se limitan a decir que lo Absoluto es desconocido para el estado de conciencia normal de los seres humanos (...) Por consiguiente, para sus fines, ponen un velo en cierto punto de la manifestación, no porque allí no haya nada, sino porque la mente, como tal, tiene que detenerse allí (...) los velos de la Existencia Negativa, según se le llama".

Más acá de tales velos está lo cognoscible y que, según los cabalistas, se expresa en 10 Sephirah, las que dan cuenta de la creación de lo existente y cuya primera manifestación es la primera Sephirah, llamada Kether; a cuyo respecto se dice que "hay un aspecto que debe siempre quedar oculto, como el lado oscuro de la luna. Este lado de Kether—es el lado que está hacia lo inmanifestado (...)— nos impide comprender, debiendo quedar siempre como un libro sellado para nosotros".

En un sentido similar, en el verso XXV del Tao Te King se lee:

“Existe algo que es completo

Era antes que el cielo y la tierra,

quieto y profundo.

Único y no cambiante.

Autosuficiente e inmutable.

Podría llamársele la madre misteriosa.

No se conoce su nombre.

Yo lo describo como el Tao”

(Lao Tse, 1994, p.66)

Fortune al respecto afirma que "solamente cuando aceptamos correr un Velo de Existencia Negativa en el sendero que lleva a los primitivos principios, es cuando logramos un fondo sobre el cual resulta visible la Causa primera. Y esta Causa Primera no es un origen sin raíces, sino meramente la Primera Apariencia en el Plano de Manifestación". Es así como podría señalarse que los cabalistas "no tratan de explicar a la mente lo que la mente es incapaz de comprender, sino que suministran una serie de símbolos para meditar"; lo cual parece coincidente con lo planteado por la psicología analítica, respecto a la forma de contactarnos con los orígenes inconscientes y arquetípicos de nuestra realidad.

De este modo, entendiendo la individuación como el camino hacia la totalidad, y por lo tanto considerando a ésta un proceso más que una llegada, nos es imposible afirmar que podamos comprender cabalmente la totalidad.

Por lo tanto más que pronunciarnos acerca de lo que nos es desconocido y que sólo podemos atisbar por medio de símbolos, que hacen las veces de intermediarios entre esa totalidad incognoscible y nuestra consciencia, es preferible referirnos a la construcción del camino que nos pueda permitir acercarnos hacia ella, esto es, el proceso de individuación.

mayo 02, 2008

La Totalidad


Etimológicamente, la palabra totalidad deriva del latín “totus”, que alude a lo completo, entero, todo.
Es así como el concepto de totalidad se aparece al ser humano como algo que en una primera instancia aparece, en términos cartesianos, como claro y distinto. Sin embargo, generalmente se lo interpreta desde una perspectiva racionalizadora, en un marco de relación objeto-sujeto, lo que claramente no permite apreciar ni vivenciar a cabalidad lo que tal concepto designa en realidad; puesto que lo que el término totalidad procura señalar supone incluir en su definición el propio observador que intenta descifrarlo, diluyendo así la posible diferenciación entre un observador y lo observado, constituyéndose en un verdadero sistema unitario observador-observado. De allí que, al hablar de totalidad, no sea extraño hallar referencias al concepto de "unidad".
En este sentido, parece resulta de interés que en la canción Escalera al Cielo, escrita por el grupo de rock Led Zeppelin, es posible escuchar:

“Allí camina una dama que todos conocemos
Quien resplandece luz blanca y quiere mostrar
Como todo aún se convierte en oro
Y si tú escuchas muy atento
La melodía vendrá a ti al fin
Cuando todo es uno y uno es todo
Ser una piedra y no parar de rodar”

Al respecto resulta interesante leer el relato de Robert Plant acerca de la forma en que fue creada tal canción: “Yo estaba sentado con Pagey en frente del fuego en Headley Grange. Pagey había escrito esas notas y entonces las tocó para mí. Sostenía, lapicero y papel y por alguna razón me sentía de muy mal humor. Entonces de repente mi mano estaba escribiendo las palabras: «Hay una señora que asegura que todo lo que reluce es oro, ella está comprando una Escalera para el Cielo». Sólo me senté ahí y observé las letras, cuando las oí casi salté de mi asiento".
Un acto de invención como el descrito pudiera llegar a entenderse como un ejemplo de lo expuesto por Carl Jung en cuanto al rol creativo del inconsciente.
Resulta igualmente interesante el hecho de que, acompañando en el “Codex Marcianus” la imagen del “ouroboros”, que fuera descrita por un autor como “el símbolo pictórico más antiguo conocido en alquimia”, se utilizara la frase “Uno el Todo”. Es así como, es posible atisbar el surgimiento de otro planteamiento junguiano, cual es la existencia de un inconsciente colectivo que liga a todos los seres humanos y a sus creaciones.
En el diálogo llamado "El Sofista" Platón expone al respecto la pregunta de un extranjero: "¿No debemos también aplicar toda nuestra habilidad en interrogar a los que dicen que todo es uno, para saber lo que pueden entender por el ser?", a lo que en parte de su argumentación de respuesta señala: "Sólo lo que es absolutamente sin partes es verdaderamente uno si queremos hablar con exactitud (...) el ser que participa en la unidad, se convierte en uno y todo".
Los pitagóricos utilizaron el concepto de "mónada" para designar la unidad aritmética. No obstante, los neoplatónicos la consideraron "como lo Uno, no como unidad aritmética, sino como fundamento de todo número y de toda unidad".
En los antiguos textos atribuidos a Zoroastro reunidos bajo el título de Zend-Avesta, refieren que: “En todas partes está la Mónada del Padre. Se ha ampliado la Mónada que engendró lo dual. La díada (o lo dual) está sentada delante de la Mónada del Padre, y brilla con dotes de inteligencia, y en el gobierno y ordenación de todo lo que no estaba ordenado. Pues en todo el mundo muestra su luz la Tríada, cuyo principio y cabeza es la Mónada”.
Varios siglos más tarde el Maestro Eckhart plantea al respecto: “La naturaleza divina es Unidad y cada persona es igualmente Unidad, esta misma Unidad que es su naturaleza. La distinción entre esencia y existencia es reabsorbida aquí en la Unidad: son unidad e identidad. Solamente cuando la Unidad cesa de reposar en ella misma es cuando posee una distinción y cuando opera por esta destrucción. De la misma forma, en la Unidad se encuentra a Dios y aquel que debe encontrar a Dios debe convertirse en unidad (...) La Unidad continúa siendo unidad, tanto en millares y millares de piedras como en cuatro piedras y mil veces mil es verdaderamente un número tan simple como cuatro (...) Un maestro pagano dice que la unidad ha nacido del Dios supremo. Su propiedad es ser unidad en la unidad”.
De este modo, tenemos que la totalidad puede ser entendida como la Unidad de todo cuanto existe y que el ser humano divide analíticamente la Unidad para establecer diferenciaciones figura-fondo, que le permitan lograr su entendimiento generando así su propia realidad. No obstante, tales diferenciaciones son hechas por el propio ser humano en su interior, en su intelecto; es decir, no afectan la existencia unitaria de la totalidad en la cual está inmerso, constituyendo en la práctica tan sólo un ejercicio mental.
Ahora bien, desde el punto de vista psicológico, la totalidad puede ser asimilado al concepto de sí mismo, el cual es tomado en ese sentido por Jung pues constituye un “concepto por una parte suficientemente determinado para expresar la noción de la totalidad del hombre y, por otra, suficientemente indeterminado para expresar el carácter indescriptible e indeterminable de la totalidad. Estas cualidades paradójicas del concepto corresponden al hecho de que la totalidad consiste, por una parte, en el hombre consciente y por otra en el hombre inconsciente”.

febrero 12, 2008

La Caverna: símbolo del inframundo


La transmutación alquímica se lleva a cabo en el atanor, el horno de los alquimistas, en cuyo seno matricial se encierra el "huevo" conteniendo los elementos necesarios para realizar la Gran Obra. Atanor, al parecer sería una palabra de origen arámico, derivada de tan (horno) y nur (fuego); de hecho la palabra tannur significaba horno, en hebreo. Por su parte, la palabra horno deriva del latín fornus, que significa precisamente horno. Interesante resulta a este respecto, que el vocablo fornus se relacione con fornix y fornicis (que corresponde a: habitación abovedada, lupanar, prostituta), y que además se relacione con fornicar (fornicare).

El color negro, asociado con la muerte y la vida, se relaciona también con la tierra de Egipto. Allí, con cada crecida del río Nilo, que destruía sembrados e inundaba de un barro las proximidades del río, al mismo tiempo esas inundaciones permitían la fertilización de las tierras. La tierra negra que era la resultante de este proceso, simbolizaba entonces la muerte que posibilitaba el renacimiento vivificante.

No resulta discordante entonces que fuera en una penumbrosa caverna en que se produjera el mítico nacimiento de Jesús y que fuera justamente en una oscura caverna en la cual se le sepultara tras su crucifixión. Y es precisamente de esa caverna mortuoria de la cual Jesús logra su renacimiento y su transformación.

De modo similar, se da cuenta en las primitivas basílicas romanas de la existencia de los “confessio”, el que consistía en “una cámara que contenía reliquias y estaba ubicada debajo del altar mayor” .

Estos razonamientos vienen también a explicar la existencia bajo el suelo de la Catedral de Chartres de un conjunto de pasadizos ocultos, en donde se halla, como en algunas otras iglesias similares de Francia, la imagen de una "virgen negra". Según el escritor alquimista Fulcanelli, esta práctica derivaría de la antigua costumbre de situar en las cámaras subterráneas de los templos estatuas de Isis, las cuales con la introducción del cristianismo en la Galia se fueron transformando en las Vírgenes negras de la actualidad. Tanto en unas como otras sería posible leer en su pedestal la inscripción "Virgini pariturae" que querría significar: "A la Virgen que debe ser madre".

Por otro lado, esto sería concordante con una variedad de documentos citados por Fulcanelli, muy anteriores al cristianismo, que se refieren a una "Virgo paritura", esto es, "la tierra antes de su fecundación, que pronto será animada por los rayos del sol". Esas vírgenes negras representan, según el alquimista francés Fulcanelli, "la materia prima en estado mineral, tal como sale de las capas metalíferas, profundamente enterrada bajo la masa rocosa", a lo que agrega: "¿Cuál es, entonces, la condición primordial, esencial, para que pueda manifestarse una generación cualquiera? Responderemos por vosotros: la ausencia total de toda luz solar, incluso difusa o tamizada (...) ¿Es en la superficie del suelo -a plena luz-, o dentro de la tierra -en la oscuridad-, donde pueden germinar y reproducirse las semillas vegetales?".

Así, tal como para la gestación de una planta es necesario primero que la semilla germine al interior de la tierra y tal como para el nacimiento de una nueva vida humana ella debe permanecer un tiempo de gestación en el vientre materno, de igual modo, para lograr arribar hasta el iluminado mundo de lo diurno, del conocimiento, es necesario antes haber vencido el submundo de la ignorancia, de las tinieblas de la noche.

Al parecer, para las culturas iniciáticas, la caverna refiere, tal como el conocido mito de la caverna de Platón, a un lugar sagrado donde se produce el comienzo del despertar a la auténtica realidad del mundo y de la vida que se efectuará simbólicamente como un paso del oscuro interior de la tierra, de lo infrahumano, a la claridad ordenada de lo verdaderamente humano, de las tinieblas a la luz.

Es por ello que no es extraño que, según cuenta Jean Chevalier, "numerosos ritos de iniciación comienzan por el pasaje del impetrante a una caverna o a una fosa: es la materialización del regressus ad uterum definido por Mircea Eliade". Es así como en los misterios de Eleusis, por ejemplo, los iniciados habrían sido encadenados en una caverna, desde donde debían lograr salir para alcanzar la luz. Más remotamente, es sabido que en las cavernas de Altamira se habrían realizado ceremonias para iniciar a los cazadores en el arte de atraer a los animales, atrapando su espíritu.

enero 22, 2008

El Inframundo


El mundo subterráneo como elemento mitológico está presente en prácticamente todas las culturas del orbe.

Mircea Eliade cuenta que para los indios americanos Delaware, "el Creador, a pesar de que hubiese preparado para ellos, sobre la superficie de la Tierra, todas las cosas de las que gozan actualmente, había, sin embargo, decidido que los humanos permanecieran todavía ocultos algún tiempo en el vientre de su madre telúrica, para desarrollarse mejor, para madurar".

Los iroqueses, por su parte, creen que originariamente moraban debajo de la tierra, donde "siempre era de noche, por cuanto el sol no penetraba jamás"; y señalan que sólo pudieron emerger hacia la superficie una vez que uno de ellos logró encontrar una "abertura".

La tribu de los salivas (del Orinoco) refieren "un tiempo antiguo en que la Tierra Madre producía los humanos del mismo modo que produce en nuestros días los arbustos y los juncos".

De manera similar, Eliade relata que para la tribu de los zuñi al comienzo de los tiempos los "Mellizos de la Guerra" penetraron por medio de un lago hasta el mundo subterráneo, donde habrían hallado un pueblo "vaporoso e inestable" que se nutría exclusivamente con los vapores y los olores de los alimentos. Los míticos Mellizos habrían traído hasta la superficie de la tierra un cierto número de esos seres; de quienes descenderían os actuales seres humanos. Ésta sería la causa, según los zuñi, de que los hombres en un comienzo se alimenten solamente con "viento" y no puedan iniciar la lactancia hasta que la "cuerda invisible" se corte.

Los indios navajo, según reporta el mismo Eliade, se refieren a la Tierra como "Naëstsán", lo que significa "la Mujer horizontal" o "la Mujer acostada". Para ellos, al igual que para otros pueblos primitivos, los seres humanos en un comienzo vivían en el mundo subterráneo, del que luego emergieron. Este mito lo recuerdan y narran los navajo, por lo general, en ceremonias destinadas a la sanación de enfermos o a la iniciación de un candidato chamán, con lo cual se genera una íntima relación entre el mito del origen de la humanidad con aquellos rituales destinados a "rehacer" algo, ya sea la salud o la integridad vital del enfermo, o aquellos destinados a "hacer" o crear un nuevo estado espiritual, como es el caso de los chamanes.

Para los egipcios también es posible observar esta relación entre el nacimiento de los humanos y las profundidades de la tierra. Eliade refiere que para ellos, el vocablo "bi" significa tanto "vagina" como "galería de una mina".

Por su parte, en la mitología romana se refiere que, al realizarse la fundación de Roma, Rómulo habría horadado una cavidad en el suelo, la cual llenó de frutos, para posteriormente cubrirla y elevar sobre ella un altar, trazando a su alrededor un círculo con un arado. Es por ello que, según refiere el renombrado simbolista Jean Chevalier, la fundación de las ciudades posee un "carácter cosmogónico e imita la creación del mundo".

Para los griegos Hades es el dios que gobierna “el mundo subterráneo, el reino de las tinieblas, el seno de la tierra que contiene a los muertos”. No obstante, Hades se presenta con una doble faz; por cuanto, si bien gobierna el reino de los muertos, al mismo tiempo "vela por los frutos de la tierra". Esto se complementa al saber que el culto de Perséfone, a quien Hades había secuestrado, hecho su mujer y con quien pasaba seis meses del año habitando el inframundo, “estuvo asociado a los ciclos de la vegetación y a los Misterios de Eleusis”.

Por otro lado, la palabra caverna etimológicamente deriva del vocablo latín "cavus", del cual deriva también el verbo cavar, y que viene a significar: hueco, hondo, cóncavo, profundo y huevo.

Caverna, entonces, corresponde, según Chevalier, a "un lugar subterráneo o rupestre, con el techo abovedado, más o menos hundido en la tierra o la montaña, y más o menos oscuro".

Es posible inferir entonces que la caverna es un simbolismo arcaico del vientre materno y, por tanto, símbolo de transformación, de crecimiento, de gestación de una nueva vida. De este modo, el paso por el inframundo aparece como un requisito sinne qua non para la regeneración y el nacimiento a una nueva vida.

Sin embargo, al mismo tiempo, mientras hace referencia a la germinación y el nacimiento de nueva vida, de igual modo se presenta como el lugar en que finaliza la vida, como el "reino de los muertos".

Es así como, por ejemplo, para los japoneses, según cuenta Eliade, su dios se ocultó en una caverna sagrada “privando así al mundo de su luz”; mientras que, en las ceremonias fúnebres chinas, se expresa el deseo: "que la carne y los huesos retornen nuevamente a la Tierra".

Esta extraña semejanza entre el nacimiento y la muerte también es posible verla reflejada en el "nigredo", la "putrefacción", "el cuervo", del que se habla en la alquimia. Para los alquimistas la Gran Obra de la transmutación se inicia precisamente con el color negro, con la muerte, de la cual podrá nacer la nueva vida del metal, transformándolo en el preciado oro.


noviembre 18, 2007

El Terapeuta como científico en acción

En el transcurso del proceso terapéutico el terapeuta si bien por un lado procurará mantener una adecuada dosis de tensión, paralelamente intentará orientar la energía psíquica del sistema self paciente-terapeuta hacia caminos que faciliten la elaboración constructiva de los contenidos psíquicos del paciente. Para ello, es menester que el terapeuta lleve a cabo estrategias que le acerquen hacia la mejor y más completa comprensión de los elementos en juego.

Con tal finalidad elaborará hipótesis a modo similar de lo que lo hace un hombre de ciencias al abordar cualquier cuestionamiento o problema científico y, de igual modo, procurará establecer la certidumbre o falsedad de tales hipótesis. Y, tal como Estany señala que "las hipótesis científicas son enunciados que son susceptibles de ser sometidos a contrastación", asimismo las hipótesis clínicas podrán ser contrastadas con la información recogida por el terapeuta y con las intervenciones que realice con el objetivo de ir aclarando tales hipótesis, ya sea para confirmarlas, para desecharlas o para posponerlas para un momento más oportuno.

De hecho, como asevera el mismo Estany, es posible sostener "que el razonamiento científico y la mayor parte del razonamiento cotidiano se plantea en términos probabilísticos y que, por tanto, cuando evaluamos una hipótesis lo hacemos calculando la probabilidad de dicha hipótesis a la luz de la información que hayamos podido recabar". Por lo tanto, las conclusiones que puedan obtenerse tras la contrastación de la hipótesis con los antecedentes e información surgida en un caso determinado siempre deberán ser consideradas como nuevas hipótesis, que cada vez mejor fundamentadas, nos entregan una mayor probabilidad de acercarnos al correcto enfrentamiento del problema en cuestión.

Es así como la certidumbre o falacia de una proposición o hipótesis en estricto rigor debe ser siempre objeto de crítica y de constante revisión. Concordantemente, aunque por distintos razonamientos, la fenomenología de Husserl plantea la necesidad de dejar "entre paréntesis" aquello que es puesto ante nuestra mirada.

En palabras de Francisco Varela, el mundo no puede ya ser tomado al "estilo Galilei", es decir, no es dable pretender la obtención de "descripciones del modo en que el mundo en verdad es independiente del sujeto conocedor". No obstante, según afirma el mismo Valera, "el vuelco de Husserl hacia la experiencia y 'las cosas mismas' era solamente teórico", esto es, "carecía totalmente de una dimensión pragmática"; y, citando a Merleau-Ponty, asevera que "precisamente por tratarse de una actividad teórica post-factum no pudo capturar la riqueza de la experiencia; sólo pudo ser un discurso sobre dicha experiencia".

Incluso Varela va más allá aún, llegando a señalar que "la actitud abstracta que Heidegger y Merleau-Ponty atribuyen a la ciencia y la filosofía es en realidad la actitud de la vida cotidiana cuando uno no está alerta. Esta actitud abstracta es el traje espacial, el acolchado de hábitos y prejuicios, el blindaje con que nos distanciamos de nuestra propia experiencia".

De hecho, en esta situación dilemática se enmarca claramente la experiencia terapéutica. Por diversas razones, desde la formación académica, las teorías subyacentes o hasta los propios mecanismos psíquicos del terapeuta, es posible que éste pretenda establecer una relación aséptica, considerándose un observador e interventor externo, sin ningún involucramiento directo en el proceso terapéutico que se desarrolla ante sus ojos a modo de un experimento o práctica de carácter estrictamente científico.

No obstante, al parecer tales suposiciones no son más que fantasiosas pretensiones, que se derrumban al ser miradas por una segunda vez.

La imagen aparece muy nítida: es imposible meterse en el barro y pretender no ensuciarse al menos los pies.

Tal como el científico de cualquier área, el terapeuta debiera asumir su trabajo más que como una actividad efectuada desde lo incorpóreo y la abstracción una labor realizada desde una óptica "corpórea" e "integral"; vale decir, incorporando todo el rico bagaje que supone su calidad de ser humano.

El término "corpórea" es utilizado aquí en el mismo sentido que Varela le otorga respecto a la reflexión científica desde una visión fenomenológica, es decir, aludiendo "a una reflexión donde se unen el cuerpo y la mente"; con tal formulación Varela "pretende aclarar que la reflexión no es sobre la experiencia, sino que es una forma de experiencia en sí misma".

De esta manera, el terapeuta debiera participar del encuentro terapéutico con todas sus funciones cognitivas activadas; ya sean pensamientos o sentimientos, sensaciones o intuiciones. Así se hará partícipe de un proceso que no sólo enriquecerá mayormente a su paciente, sino que también le enriquecerá a sí mismo.

noviembre 03, 2007

La tensión en terapia


El encuentro terapéutico que se establece en lo que podríamos denominar el "self paciente-terapeuta", supone que uno de los mundos que se intersectan en dicho encuentro está validado institucionalmente —correspondiente al rol del terapeuta—, en tanto el otro mundo —el del paciente— acude al anterior en procura de ayuda específica para lo cual acepta y valora la validación institucional que se otorga al terapeuta.

En un encuentro así planteado, es evidente la disparidad que aflora y que genera al menos un par de dilemas. Un primer dilema está en que ambos participantes sean capaces de soportar y sostener a través del tiempo la tensión que implica una situación de distribución disímil del poder en una relación de esta naturaleza. En un segundo nivel y de manera simultánea al anterior, el terapeuta debe procurar mantener y sobrellevar adecuadamente la tensión entre el bagaje profesional-académico-institucional que fundamenta tanto su intervención como su razón de estar en la relación terapéutica, versus la propia situación de encuentro entre dos seres humanos, cada uno con su propio mundo significante.

La tensión puede ser descrita como un diferencial establecido por una contraposición o interacción de fuerzas; en tal sentido, se puede hacer corresponder con el concepto físico de energía potencial. La resolución de dicha tensión corresponde a la distensión provocada por la liberación de la fuerza, ya sea por un desborde descontrolado o un encauzamiento creativo de ella.

Al parecer entonces, una práctica clínica adecuada, una buena práctica terapéutica, requiere de una correcta resolución de las tensiones involucradas.

Dinámicamente, se tiene una polaridad inicial provocada por la aparición de dos fuerzas que interactúan. Dicha polaridad constela el arquetipo del binario, el cual pudiera ser resuelto desde una perspectiva del poder, en cuanto uno de los dos —generalmente el terapeuta— puede generar o hacer presencial algún tipo de poder sobre el otro; o bien desde la perspectiva del amor, en la cual se procura una resolución sintética que mancomune a los dos elementos originales y originarios de la tensión en un tercero en que se establezca la "conjunctionis" o reunión de los opuestos.

Si es la segunda la perspectiva adoptada, se podrá establecer una com-unidad que devenga en un mundo compartido con tensiones internas, pero ya sistémicamente estabilizado, con su propia homeostasis.

En una "unidad compuesta" como la así establecida las tensiones internas se resolverían más bien por cambios tipo 1 que por aquellos del tipo 2, según lo descrito por Paul Watzlawick y sus colaboradores de Palo Alto. Ello, por cierto, hasta el surgimiento de situaciones en que la tensión sea tan grande que derive en una disyuntiva entre la destrucción del sistema o una reestructuración radical de éste.

En el primero de ambos casos, la relación terapéutica se verá finalizada, ya sea por una oportuna derivación por parte del terapeuta, por un "acting" del paciente o definitivamente por el abandono por parte de éste de la terapia.

Por el contrario, en el segundo caso, la tensión entre los opuestos — adecuadamente inducida y orientada por parte del terapeuta— podrá conducir al aumento en la motivación del paciente, de modo tal que se posibilite así un avance hacia la resolución efectiva del problema que le traía a consultar; lo que en términos de Watzlawick significaría la ocurrencia de un cambio tipo 2., es decir, un cambio transformativo.

septiembre 10, 2007

El self paciente-terapeuta

La práctica de la psicología clínica supone un diálogo o encuentro entre dos mundos significantes –el del terapeuta y el de su paciente— en el marco de un contexto histórico, cultural e ideológico. Cada uno de esos mundos dialogantes lo podemos entender como una totalidad, una gestalt o un conjunto de elementos con un cierto sentido, organización y/o estructura que le es propia y cuyo centro es un ser humano. De este modo, dichos mundos significantes vendrían a conformar lo que también podría llamarse realidades individuales.

La realidad podría ser referida por la totalidad de aquello que el individuo percibe y que conforma su mundo individual; en tanto que, a modo de trasfondo, la existencia estaría constituida por todos aquellos fenómenos compartidos tanto por seres humanos, animales y objetos, los cuales obedecen a leyes o formas de organización que trascienden las personales realidades.

Por cierto que los seres humanos no constituyen cada uno de ellos compartimentos infranqueables y aislados. Más bien, es posible hablar de una inter-realidad o intersubjetividad que surge a partir de la intersección de vivencias de distintos individuos –que de algún modo podríamos entender como la "deriva co-ontogénica" a la que alude Humberto Maturana–, lo que les permite aprehender la existencia que les sirve de fundamento. De este modo, es posible referir entonces que, de alguna manera, la realidad encuentra “su nicho” en la existencia.

El concepto de “nicho” fue expuesto por Maturana en términos de “aquella parte del medio en la que se distingue un sistema, es decir la parte del medio que le es operacionalmente complementaria”. El tal sentido y entendiendo la realidad como un sistema, las diversas realidades y la existencia se complementan. Por un lado la realidad necesita de una existencia en la cual fundarse, de la cual tomar sus elementos estructurales; en tanto la existencia requiere de una realidad que la integre y la organice. Mediando entre ambas se encuentran los nichos que permiten el diálogo estructurante entre la realidad y la existencia. De este modo y de manera concordante con lo propuesto por Maturana para los sistemas, el nicho es la parte de la existencia que está obscurecida por la realidad.

De este modo, el denominado "ser-en-el-mundo" de Heidegger o su versión hispanoparlante de "yo soy yo y mis circunstancias" de Ortega y Gasset adquieren pleno significado, lo que es particularmente relevante en la práctica de la psicología.

Hombre y Sociedad, realidad y existencia, sujeto y objeto, constituyen conceptos complementarios que no hacen sino dar cuenta de una abstracción que, amparada en el pensamiento analítico, separa las unidades para aproximarse a su entendimiento por parte del científico –o, en nuestro caso particular, del psicólogo clínico—. Ejercicio por cierto incompleto si no se logra la posterior y necesaria síntesis integradora, que posibilite la real comprensión del ente bajo estudio.

De modo similar, en términos junguianos, podemos plantear que existiría un “self humano”, que daría cuenta de todo aquello que podemos llamar "lo humano" y que está presente, caracteriza y define a todos los seres humanos; el “self individual”, por su parte, daría cuenta de la particular y específica realidad que cada uno de los seres humanos vivencia.

No obstante, el "self" en sí sería una estructura unitaria, sólo divisible intelectualmente para fines de análisis; pero presuponiendo, por cierto y como ya se ha dicho, una síntesis final integradora que complete el ejercicio intelectual.

Es entonces en la “realidad” en donde cada uno tiene la posibilidad de "vivenciar" la presencia del Self. El Self, por un lado, sería aquello que otorga organización a la existencia, organización que nos puede ser revelada sólo por medio de símbolos, en virtud de los cuales nos es posible ir construyendo nuestras particulares realidades. Pero, al mismo tiempo, el self cumple un rol estructurante de la realidad, otorgándole a ella un basamento concreto y entregándole un marco que posibilite la interacción de ésta con otras realidades.

Asimismo, es posible hablar de "self grupales", cuando ellos están referidos a grupos de seres humanos; entre los cuales el "self paciente-terapeuta" sería una caso específico.

agosto 18, 2007

La Trascendencia que posibilita la Terapia


El psiquiatra chileno Armando Roa, en su texto Drogas y Antipsiquiatría, reflexiona acerca de que “el hombre es imagen y semejanza de Dios; si no vislumbra a Dios del cual es su imagen, tampoco se vislumbra ni a sí mismo ni a su prójimo, y no le cabe otro augurio que el profetizado por Foucault, desaparecer como un rostro en la arena”.

Lo que el concepto de Dios pueda significar para cada individuo es algo que no nos corresponde aquí enjuiciar. Ahora bien, el Self para la psicología analítica se refiere, en términos estructurales, a la totalidad psíquica del individuo, conformado tanto por la conciencia, por el inconsciente personal y por el inconsciente colectivo.Al respecto, Carl Jung en Psicología y Alquimia plantea que “en el uso científico del término, el Self no señala ni a Cristo ni a Buda, sino más bien a la totalidad de figuras correspondientes, y cada una de esas figuras es un símbolo del Self”.

El Self, en tanto estructura arquetipal, se revela al ser humano mediatizado por símbolos. La posibilidad para el ser humano de trascender su realidad inmediata y no limitarse a "desaparecer como un rostro en la arena" está precisamente en aprehender el lenguaje de los símbolos, de modo tal de adentrarse conscientemente en su proceso de individuación.

El desarrollo del individuo se realizará ya sea consciente o inconscientemente. Sin embargo, si ocurre del segundo modo estará más expuesto a quedar preso de fijaciones que le impidan avanzar sanamente por su propio camino de individuación.

El trabajo por el desarrollo de una actitud simbólica en el paciente se torna así en una vital herramienta en el trabajo terapéutico. Dicho trabajo supone en el terapeuta el ejercicio de un rol de iniciador en el mundo del símbolo y a la vez oficiante del ritual del proceso terapéutico.

La actividad terapéutica se constituye entonces en una verdadera religión, en tanto su finalidad es lograr religar los distintos aspectos de la personalidad del individuo, en procura del avance en su propia individuación; proceso en el cual los símbolos constituyen por excelencia los entes religadores de la psiquis y, por ello, pueden ser considerados como las flechas de Eros que logran atar la psiquis posibilitando así la anhelada "coniunctio".

agosto 14, 2007

La psicoterapia: mayéutica e iniciación



Dionisio Aeropagita, también conocido como Dionisio el Místico o el Pseudo-Dionisio, en su obra "Jerarquías Eclesiásticas" se refiere a los rituales en los siguientes términos: “es por ellos que se confiere su plena realización a todos los símbolos más divinos y a las santas ordenanzas”.

No obstante, al parecer, para lograr llegar a vivenciar apropiadamente el ritual es menester vivenciar previamente una iniciación en el mundo de los fenómenos simbólicos, en cuanto referentes de elementos arquetípicos subyacentes.

Según expresara el antipsiquiatra Ronald Laing: “En vez de la ceremonia de degradación del examen psiquiátrico, diagnosis y prognosis, necesitamos (…) una ceremonia de iniciación, a través de la cual se guíe a la persona, con pleno estímulo y sanción sociales, hacia el espacio y el tiempo interiores”. Más adelanta profundizaba: “Las sociedades humanas en diversas épocas y lugares han tenido fe en un método de ‘psicoterapia’ que el hombre occidental ha olvidado y reprimido: el regreso al Caos. El hombre «arcaico» y «primitivo», para curarse (…) [entra] en el tiempo mítico y eterno que precede a todos los orígenes. Se deintegra o es desintegrado, como persona que existe en el tiempo histórico y «egoico»”.

En un sentido similar Chevalier afirma que “para inteligir toda la extensión de la expresión simbólica, será necesario un cierto despertar de la conciencia hacia esa dimensión, que ciertos filósofos llamaban la «dimensión vertical de lo real»; y la verticalidad comprende, a la vez, la profundidad y la altura”. Concordantemente el simbolista Eliphas Lévi asevera que “la ciencia se conserva por el silencio y se perpetúa por la iniciación”.

Por su parte, el analista italiano Luigi Zoja asevera que la “iniciación”, entendida como un “paso” que avanza “de lo profano a lo sagrado” a través de “fases de muerte y renacimiento”, posee un carácter arquetípico; sin embargo, acota que “la sociedad actual ha perdido prácticamente la capacidad de ofrecer iniciaciones institucionales”.

Mircea Eliade, en su obra "Herreros y Alquimistas", reflexiona entorno a que “el «profano» que tiene sueños alquímicos y se aproxima a una integración psíquica atraviesa por las pruebas de una «iniciación»; sólo que el resultado de esta iniciación no es el mismo que el de una iniciación ritual o mística, aunque puede ser asimilado funcionalmente a ella”.

Pues bien, la ejecución de cualquier ritual supone la participación de un oficiante que ponga en acción dicho ritual. Esto tradicionalmente también ha ocurrido en relación a las ceremonias de iniciación, en las cuales es menester la participación de un guía o un hierofante, cuya forma arquetípica más característica la constituye probablemente la de Hermes en su rol de psicopompo o guía de las almas.

Es así como entonces, el rol del terapeuta en procura de la adquisición de una actitud simbólica se corresponde con la de Hermes psicopompo, en tanto oficiante de un ritual que avanza en la concienciación de los símbolos que de este modo podrán actuar como catalizadores del proceso de individuación; pero, más aún, el terapeuta debe previamente actualizar su rol de iniciador e introducir al paciente en el mundo de los símbolos y en el rol trascendente de estos.

El rol de partera que supone un proceso realmente mayéutico o de alumbramiento en el mundo simbólico del paciente por parte del terapeuta, implica previamente el despertar de la denominada "actitud simbólica" en el propio terapeuta. Tarea crucial que torna en imprescindible el trabajo del mismo terapeuta por adentrarse en el misterioso y numinoso mundo de los símbolos.

julio 23, 2007

La terapia y el ritual de la sanación

El rumano historiador de las religiones Mircea Eliade plantea en uno de sus textos que “la imaginación, el sueño, la alucinación, redescubren un símbolo alquímico —y por ese mismo hecho colocan al paciente en una situación alquímica— y obtienen una mejoría que en el nivel psíquico corresponde al resultado de la operación alquímica”.

Por cierto que la “situación alquímica” y la “operación alquímica” a las que alude Eliade pueden ser entendidas como referentes arquetípicos de las situaciones de crecimiento humano, a las que también denota como “mejoría en el nivel psíquico”.

Es posible colegir que la mejoría a la que se refiere Eliade podrá ser producto del azar, de causas fuera del espacio terapéutico o simplemente no derivadas de manera directa de la intervención terapéutica. Sin embargo, podemos plantear la hipótesis (fundamental en la psicología) de que la acción del terapeuta está en condiciones de generar a lo menos alguna intervención en la mejoría esperada.

Al respecto Mircea Eliade señala acerca del lenguaje simbólico que “el Rosarium nos advierte aún que «esas cuestiones deben ser transmitidas místicamente» (…) lo mismo que la poesía, que emplea fábulas y parábolas»”. Pero Eliade va todavía más allá y plantea que “probablemente se trata de un «lenguaje secreto», como el que encontramos tanto en los chamanes de las sociedades arcaicas como en los místicos de las religiones históricas, «lenguaje secreto», que es a la vez expresión de los sentimientos intransmisibles de otra forma a través del lenguaje cotidiano y comunicación críptica del sentido oculto de los símbolos”.

En tal sentido el profesor francés Jean Maisonneuve afirma que “la eficacia no puede ser atribuida sólo al símbolo. La oferta de un proceder simbólico (chamánico, psicoanalítico u otro) resultaría estéril frente a la apatía. La espera, la presencia del deseo y de la esperanza que el oficiante estimula en el individuo o en el grupo y que los símbolos mediatizan, han de coexistir. En definitiva, el rito aparece como la condición necesaria de una eficacia simbólica, pero no opera si no encuentra una demanda suficientemente intensa”.

De este modo, los símbolos requieren un rito que los ponga en práctica de manera consistente, concordándolos con otros, para así ir entretejiendo con ellos la intrincada telaraña de los sistemas simbólicos, a partir de los cuales los símbolos adquirirán su real dimensión y su completa vitalidad.

Desde esta perspectiva, en cada sesión de terapia se desarrolla conciente o inconscientemente un ritual-ceremonia que, quiérase o no, siempre irá poniendo en práctica diversos símbolos. Nuestra labor como terapeutas pareciera consistir en tomar conciencia de ese ritual y transformarnos en verdaderos oficiantes del mismo. Así podremos intervenir eficientemente y estaremos en condiciones de colaborar en la expresión apropiada de aquellos elementos que deben ser considerados en ese momento por el paciente para avanzar en su proceso de individuación.